Subí pesadamente las escaleras, buscando apoyo en las desgastadas barandillas de madera, que hacían demasiado tiempo que no se cambiaban.
Me senté en la escalera, en un intento de mirar la puerta de mi casa sin verla borrosa, coloqué suavemente mi cabeza entre las piernas, envueltas en esas mallas de color negro metálico que tanto me habían gustado.
Recordé la noche que había vivido apenas unas horas antes, podía volver a escuchar la música que me había envuelto nada más entrar en la discoteca, el sonido de las monedas mientras le daba el dinero al camarero por el gin -tonic. La sensación casi inmediata de euforia me envolvió por completo, empujándome a bailar entre toda aquella gente desconocida, hasta que noté una mirada en mi nuca, aquel chico hacia varios minutos que no me dejaba de mirar.
Después de varios gin tonics más había tenido el valor de mirarlo, ya no tenía vergüenza, estaba desatada Se acercó mirándome a los ojos y comenzó a bailar a mi lado colocando sus grandes manos en mi cintura. Me sentía totalmente distinta, aquella vergüenza que normalmente me caracterizaba se había disuelto.
Me sentía capaz de todo, y como una leona en plena caza me acerqué provocadoramente a su oreja mientras le insinuaba que necesitaba desesperadamente un poco de aire puro. Y como respuesta sentí como me besaba delicadamente el cuello.
Acepté eso como un sí.
Me apoyé contra la fría pared de la calle, sabiendo que me observaba.
Se acercó rápidamente, como si temiera que me escapase y me arrinconó cariñosamente contra la dura pared, mientras iba acercando cada vez más sus preciosos labios. Pero quería hacerlo esperar, quería mandar yo.
Pude ver en su chaqueta de cuero un paquete de Malboro abierto, y sin preguntar se lo cogí.
Él abrió los ojos sorprendido mientras una sonrisa se dibujó en sus labios. Sacó un mechero y me encendió el cigarrillo, mientras yo que soy una inexperta en fumar, me tragaba el humo intentado no toser.
Cerré los ojos y mientras echaba el humo sentí como me iba recorriendo cada milimetro de mi cuerpo con la mirada.
Noté como sus labios se encontraban con los míos con desesperación mientras el humo que todavía tenía en mis labios pasaba a él.
-Jason? Julie?
Abrí rápidamente los ojos y consegí ver a mi amiga Sara, ahí de pie mirándonos con mirada acusadora.
-Qué pasa Sara?
-NO TE HAGAS LA TONTA JULIE! SE QUE SABES QUE ESTE ES MI NOVIO JASON!
Esa noche Julie llegó a casa sin remordimientos, sin sentimientos. No sentía nada. Ella no había nada, solo había besado a un tío que no volvería ver.
Esperó que una lluvia de remordimientos llegara sobre ella.
Pero no se sucedió nada de eso. Al contrario, se sentía poderosa y eso le gustaba.
Había mordido la manzana del pecado... El desastre estaba desatado, la dulce gatita se estaba a punto de convertir en una terrible leona...
Mordí la manzana?.... Lástima